Walter Beatnik no es alguien como yo. Alguien como yo no escribe poemas. Yo a los poemas los dejo pasar, porque aprendí que era imposible atraparlos del todo. Fue mucho después de haber perdido ya tantos poemas cuando sólo aprendí que lo único que los poetas obtienen de ellos es un único beso demasiado forzado, una simple violación de ese cuerpo libre y frágil que, para más absurdo, consiste en vestirlo y mancillarlo con falsos símbolos y joyas que refieren a su sexo, a su cálida y generosa dádiva, en lugar de inocentemente penetrarlo y sin más alarde hacerlo suyo hasta la violencia del último suspiro.
Por lo demás no sé a qué me dedico.