27/1/11

Marcelo o las confesiones de amor de un ignorante erudito



     Pero Marcelo no es como yo, que ni siquiera cuando no busco algo más prefiero dar un poco de cariño antes de alcanzar el sueño de las bestias saciadas. Él es de esos que suele poner una barrera llamada culo entre el después del coito y el antes de dormir. Y Marcelo ha yacido con pequeños bomboncitos y enormes buques cargados de deseo, con el gran amor que nunca llegó a sentir (pero yo) y la absurda desesperación de creer que estaba haciendo un favor mientras agradecía a su suerte (claro, yo) haber acabado allí…, en fin, Marcelo, tú que has mojado tus barbas en océanos de cualquier esquina de los mapas que conocemos deberías saber algo más que yo, o no, quién puede medir el conocimiento, la cosa es que estoy seguro de que lo has sentido, sé que no vas a poder negarlo porque no eres nadie sin mí, no sabes decir nada sin que yo antes te lo diga.
     ¿Te paraste a pensar alguna vez en los silencios? Claro, tú que no vuelves a llamar es imposible que recuerdes una conversación que jamás has llegado a tener. Tú que te encargas de lo que pasa de noche nunca recuerdas lo que has soñado por las mañanas… Yo suelo escribir las crónicas, compañero. A mí no puedes más que vejarme y tratarme tal como haces, pero nunca engañarme, ¿sabes? Yo tengo todos esos números, maldita sea. Y algunos incluso los he tenido que usar, eso sí, más de uno y dos con mucho gusto… aunque sólo me sirviera para hablar, ya sabes, un cafelito en día de lluvia y cosas parecidas… porque yo hago esas cenas de las que te llevas el postre que rebañas hasta no dejar ni gota, ni palabra, ni mirada, y como casi siempre nada de hambre. En sólo las excepciones es cuando me llevo un par de días de regalo… supongo que serán las veces que menos borracho te vas a la cama y no llegas a desatar completamente al golfo que llevas dentro. Aun así, en esos días de regalo me toca a mí desenvolverme, y quién coño, Marcelo, quién quiere a un hombre bueno… en fin, no pienso alargar esta letanía de sinceridad espontánea. Yo quería hablar de los silencios, esa cosa que suele hacer que mis días benevolentes se vuelvan a poner grises y me hagan tirar la toalla. Mi historia está sobrecargada de la siguiente coletilla: una vez más. Pero a veces los silencios no son el fin. Hay silencios en los que te sientes donde debes, así estando tan calladito delante de los ojos que prefieres que estén ahí delante… qué te importará a ti, Marcelo. Sólo quiero que sepas que para reconocer los olores hay que haberlos olido antes, y como tú no estás por las mañanas, y saldrás enseguida a buscar uno nuevo, de eso también me tendré yo que encargar, de eso y de saber cuál es el que hace que todo esto tenga algún sentido alguna vez…, Marcelo, sólo quiero que sepas que algún día conseguiré que dejes de pintar palitos en la pared.

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